Dicen por ahí que me volví loca.
Qué ando sonriente, que me brillan los ojos.
Que converso con las flores y bailo en mi jardín.
Dicen por ahí que creo en hadas y ángeles.
Que les abro las puertas y ventanas en las mañanas y les doy la bienvenida para que inunden mi hogar de luz, alegría y bendiciones.
Dicen por ahí que hablo de “raros asuntos” como trascendencia, estar en el presente, energía, inmortalidad, sanación, conciencia.
Dicen por ahí que me volví loca.
Que no me rigen agendas ni horarios.
Que a las comidas en mi mesa también les hablo y les digo: “Divino Sustento ¿Qué haces afuera? ¡Vamos pa´ dentro!”
Que todo me parece bien, perfecto, sincrónico, que a lo adverso le busco lo bueno,
Que le abro las puertas por igual a budistas, evangélicos, testigos de Jehová y nueva era.
Que doy gracias cuando llueve y cuando hace sol.
Que doy gracias cuando llega el transporte y cuando me toca ir un ratito a pié y otro andando.
Que lavo la ropa cantando y es igual cuando cocino, limpio y ordeno.
Que... ¿Cómo es eso de que las flores me “chismean” lo que a la gente les pasa...?
¡Pero me siento tan cuerda y tan dichosa!
Será contagiosa la locura...?
Disfrutar de lo cotidiano con libertad
La voz de este texto juega con la palabra «loca» para hablar de una mujer que disfruta de detalles sencillos, aunque otros no compartan sus costumbres. Esa forma de narrar permite reconocer pequeñas alegrías que a veces dejamos pasar: una canción mientras cocinamos, una conversación tranquila o la luz de la mañana entrando por la ventana. No hace falta adoptar todas las creencias del poema para encontrar algo cercano en esa escena.
Una pregunta útil después de leerlo es qué actividad nos devuelve el gusto por un día común. Puede ser cuidar una planta, dibujar sin buscar un resultado perfecto o caminar unos minutos sin convertir el paseo en otra obligación. Elegir una sola cosa concreta ayuda a que la reflexión no quede únicamente en una frase bonita para compartir.
También podemos entender la libertad como la posibilidad de disfrutar sin imponer nuestra manera de vivir a los demás. Alguien puede agradecer en silencio y otra persona cantando; ambas formas merecen espacio. Lo mismo ocurre con los días difíciles: no necesitamos mostrarnos sonrientes todo el tiempo para tener una vida valiosa, ni encontrar de inmediato una enseñanza en cada contratiempo.
El cierre del texto invita a mirar con menos rigidez los gustos ajenos. Antes de juzgar una costumbre que no comprendemos, podemos preguntar qué significa para esa persona. Escuchar esa respuesta abre una conversación más amable que decidir, desde afuera, cómo debería sentirse.
Si te interesan otras voces femeninas en forma de reflexión, puedes leer Mensaje de una madre.








