miércoles, 19 de febrero de 2020

Carta de un Sacerdote Católico al New York Times

Padre Martín Lasarte, SDB

Soy un simple sacerdote católico que se siente feliz y orgulloso de su vocación. He sido misionero en Angola durante 20 años.
He venido leyendo frecuentemente en los medios de comunicación, pero especialmente en su diario, los artículos publicados sobre el tema de los sacerdotes pedófilos. Con frecuencia se escribe sobre esto con sentido malintencionado y a la búsqueda de los detalles morbosos de la vida de los sacerdotes que cometieron sus errores en un tiempo pasado. Hay un sacerdote de una ciudad de Estados Unidos que cuenta ya 70 años; otro en Australia con sus 80, y así sucesivamente uno y otro más… Sin duda, ¡todos estos casos son condenables! Hay periodistas, no obstante, que presentan una imagen bienintencionada y equilibrada; pero otros exageran, plagan sus crónicas de prejuicios e incluso de expresiones de odio. Siento una gran tristeza por el terrible mal que han hecho aquellos sacerdotes que deberían haber sido signo del amor de Dios y que, en cambio, han sido una daga mortal en la vida de tantas personas inocentes. No hay nada que pueda justificar sus actos. No cabe duda de que la Iglesia debe estar del lado de aquellos que son débiles y vulnerables. Por esta razón, todos los esfuerzos que podemos hacer para prevenir y proteger la dignidad de los niños debería ser siempre una prioridad absoluta. Es curioso, sin embargo, que sean pocas las noticias que se den de signo contrario, y que no haya interés alguno por los miles de sacerdotes que sacrifican su vida dedicándola por entero a millones de niños y de adolescentes así como a los más desfavorecidos de las cuatro extremos del mundo.

A mi parecer, su cometido de periodista es indiferente al hecho de que yo tuviera que transportar desde Cangumbe a Lwena (Angola) muchos niños deformes y esqueléticos por caminos plagados de minas por la guerra del 2002 y debido a que el Gobierno ni hubiera podido hacerlo ni las ONGs hubieran podido obtener los permisos pertinentes para ello; o que haya tenido que dar sepultura a decenas de niños muertos a causa de los desplazamientos ocasionados por la guerra; que hayamos salvado la vida de miles de personas en México por medio de la única estación de salud existente en un área de 90.000 kms cuadrados, además de haber distribuido alimentos y simientes entre todas esas personas; que hayamos sido capaces de educar y mantener escuelas durante los últimos 10 años para más de 110.000 niños. Tampoco existe interés entre los periodistas por el hecho de que, juntamente con otros sacerdotes, hayamos contribuido a distribuir alimentos entre casi 15.000 personas que se encontraban en los campamentos de la guerrilla tras haber depuesto ésta las armas y porque no llegaba comida alguna del Gobierno ni de las ONGs. No hicieron grandes titulares los periodistas cuando un sacerdote de 75 años, el Padre de Roberto, recorrió la ciudad de Luanda atendiendo a los niños de la calle, acogiéndolos en una residencia segura para que pudieran desintoxicarse de la gasolina que habían inhalado mientras intentaban ganarse la vida como lanzadores de llamas de fuego por la boca. La alfabetización de cientos de adultos en prisiones no acapararon noticia alguna, así como tampoco fue noticia el hecho de que otros sacerdotes, como el Padre Stephane, levantaran hogares de paso donde pudieran encontrar refugio jóvenes que habían sido maltratados, golpeados, e incluso violados; como tampoco fue noticia que el Padre Maiato, a sus 80 años, visitara casa por casa los domicilios de la gente más pobre confortando a los enfermos y atendiendo a los carentes de toda esperanza. No fue noticia tampoco para los periodistas el hecho de que más de 6.000 sacerdotes y religiosos de entre los 40.000 existentes, hubieran dejado su países y familias para servir a sus hermanos y hermanas en leproserías, hospitales, campos de refugiados, orfanatos de niños acusados de brujería, o de huérfanos de padres muertos a causa del SIDA, en escuelas para los más pobres, en centros de formación profesional, o en centros de acogida para de quienes son VIH positivo...etc.
Tampoco son noticia, sobre todo, quienes dan su vida en parroquias y misiones, impulsando a la gente a vivir una vida mejor y, especialmente, a amar. No es noticia el que mi amigo el Padre Marc-Aurele, para salvar la vida a numerosos niños durante la guerra de Angola, los llevara de Kalulo a Dondo y mientras regresaba de esta misión fuera tiroteado en la carretera muriendo bajo una lluvia de balas. El Hermano Francois, juntamente con cinco mujeres catequistas, murió en un accidente mientras se dirigían a ayudar en una zona rural y aislada del país. Tampoco fue noticia que decenas de misioneros en Angola murieran debido a las pésimas condiciones sanitarias existentes, o sencillamente debido a la malaria; como tampoco que otros misioneros también fueran lanzados por los aires debido a los campos sembrados de minas mientras visitaban a sus feligreses. En el cementerio de Kalulo están las tumbas de los primeros sacerdotes que llegaron a la región…. ninguno llegaba a los 40 años de edad.

Jamás es noticia seguir la vida cotidiana de un sacerdote "normal", pero que tiene que enfrentarse a sus dificultades y a sus alegrías mientras se da enteramente a sí mismo sin alarde alguno a la comunidad que atiende. La verdad es que ninguno de nosotros busca ser noticia; sólo tratamos de llevar la Buena Noticia, esa Noticia que se inició en la mañana de Pascua sin muchas alharacas. Un árbol que cae hace mucho más ruido que miles que están creciendo. Formamos mucho más ruido por un sacerdote que comete un error que por mil que dan su vida por los pobres y abandonados.
No pretendo defender a la Iglesia y a los sacerdotes. Un sacerdote no es un héroe ni un neurótico; es simplemente un hombre normal que, en cuanto ser humano, intenta seguir a Jesús y servirle en sus hermanos y hermanas. Tiene debilidades y fallos como cualquier ser humano; pero también tiene belleza, grandeza, y dignidad en su vida como cualquier otro ser humano…. Centrarse en un tema doloroso de manera obsesiva y con ensañamiento mientras olvida uno la imagen más grandiosa del sacerdote, es hacer realmente una caricatura ofensiva del sacerdocio católico, caricatura por la que me siento ofendido.

Sólo le pido, amigo mío periodista, que busque la verdad, lo bueno y lo bello. Esto honraría su profesión.

Carta de un Sacerdote Católico al New York Times

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